¡Yo quiero mi iPod de colores!

En su tragicómica y vacua oda al capitalismo, publicada en El Nuevo Día, “Capitalismo: La nueva paz sin fronteras”, Xavier Serbia enumera las bondades de éste sistema económico, entre las cuales resaltan las tiendas Gap y Banana Republic, las tenis Nike y los iPods de colores.

Usando como pretexto el concierto “Paz sin fronteras”, realizado recientemente en Cuba, el exmenudo elabora una diatriba al mejor estilo de mediados de la Guerra Fría contra el Ché Guevara, cacareando el cansado lema neoliberal de que el verdadero potencial revolucionario está en el capitalismo, donde son los consumidores quienes ostentan el poder.

Debo admitir que el “análisis” suscitó en mí una cierta nostalgia, , al recordar aquella vieja consigna bajo la cual, mientras Xavier cantaba “Súbete a mi Moto”, la cadena MTV movilizó a miles de jóvenes de clase media estadounidense para exigir sus “derechos”: I want my MTV!

En las casi tres décadas que han pasado desde entonces, la “paz capitalista” ha cobrado suficientes vidas en el mundo, a través de la guerra, el hambre, la criminalidad y la falta de servicios y medicamentos para atender enfermedades curables y tratables, como para ruborizar al mismísimo Stalin. Todo para traernos iPods de colores.

A pesar de lo risible que resulta esta apología del saqueo, en plena crisis del capitalismo mundial, no debemos despachar la diatriba de Serbia como un mero anacronimso, pues reproduce fielmente el discurso de los “expertos” internacionales (los mismos cuyos consejos produjeron la crisis en primer lugar), desesperados por convencernos de que ya pasó lo peor , y de que el capitalismo es lo mejor a lo que podemos aspirar.

Tampoco debemos sucumbir a la tentación de indignarnos ante la superficialidad consumista del argumento. Si en algo tiene razón Serbia, es que el inmenso poder del capitalismo contemporáneo es su capacidad para generar en un instante el deseo colectivo de millones de personas.

Esa misma capacidad creativa es lo que hace posible imaginar una sociedad radicalmente diferente, donde los productores y consumidores controlen directa, colectiva y democráticamente el proceso de deseo-producción, sin intermedirarios ni accionistas parasitarios. Si los trabajadores de la Apple, por ejemplo, en cada punto de la cadena de producción global, ocuparan sus fábricas y cesantearan a los altos ejecutivos, con el ahorro multimillonario podrían aumentar la producción y distribuir iPods a precios accesibles.

Hoy en día, el desarrollo de las fuerzas productivas a nivel mundial es tal, que no existe razón alguna que lo impida, salvo las leyes y fuerzas represivas creadas para ello. Sólo falta dar el salto.

Mientras tanto, lo más que puede prometer el capitalismo, a todo el que no sea un empresario o ejecutivo, es un iPod de colores. El problema es que el capitalismo no cumple sus promesas: como muchas familias trabajadoras puertorriqueñas, quien escribe estas líneas no tiene ni para comprar un limber, ni mucho menos un iPod.

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