El retorno de lo común

Es bueno rebelarse.
– Mao

Todo empezó con un huevo. Un huevo común y corriente, como cualquier otro: Blanco o marrón por fuera (no lo sabemos), la materia genética no fertilizada de una gallina en su interior. Su lanzador, según él mismo nos informa, es un Tipo Común, que no obstante, no es terrorista, ni mucho menos comunista.

No había pasado el séptimo día desde el golpe de huevo, cuando el Emisario de la Fortuna Fonalledas en Fortaleza despotricó de forma preventiva (¿habremos entrado ya en una etapa demasiado avanzada de nuestro Alzheimer’s colectivo cómo para recordar lo que es la guerra preventiva?) contra los “terroristas” que osasen interrumpir el flujo normal de los puertos y vías públicas (léase: comercio) durante el Paro Nacional del 15 de octubre (¿Como si paro o huelga fuese otra cosa que tal interrupción? ¿Como si ésta ofensiva concertada contra la clase trabajadora no hubiese, hace mucho, dado al traste con toda pretensión de normalidad en nuestras vidas?).

Finalmente, en el día de ayer, durante una visita propagandística del Gobe al Residencial Jesús T. Piñero de Canóvanas, los estudiantes de la Escuela Superior Luis Hernáiz Vereonne, ubicada frente al caserío, descendieron sobre la caravana automovilística oficial, cual tempestad de huevos y piedras. Como ya es costumbre, el aparato represivo del Estado se adentró al plantel escolar, repartiendo macanazos, gases lacrimógenos y “pepper spray” a los menores de edad (también como de costumbre, la prensa nos informó de los “nueve estudiantes detenidos y seis policías heridos” en el “motín”, incluyendo uno al que “le subió la presión” al recibir un huevazo, pero no de la decena de estudiantes que recibieron atención médica por contusiones).

Que conste que por aparato represivo me refiero aquí no sólo a la Unidad de Operaciones Tácticas, sino a los jueces que encontraron  causa contra los nueve estudiantes arrestados. Estos representantes de la injusticia organizada son tan personalmente responsables de tan repugnante abuso institucionalizado de menores como quienes demostraron su hombría (¿será ésta la “palabra de hombre”?) rompiendo sus rotenes contra costillas de adolescentes.

No se trata, sin embargo, de victimizar a estos jóvenes como angelitos indefensos. Las expresiones de reproche a la bestialidad uniformada ya han sido bastantes, y no añaden nada a lo que ya hace mucho tiempo que sabemos (o deberíamos saber) sobre nuestros paladines de la “ley y orden”. Hay que dar un paso más: estos estudiantes son heroínas y héroes de una genuina y legítima resistencia popular ante un saqueo detalladamente concertado contra la clase trabajadora y pobre.

Lógico, entonces, que un funcionario de la Fortaleza declarara hoy que, aunque no cancelarán el “tour” ejecutivo (al que ya no podemos sino llamarle Huevo Tour), “serán más cuidadosos” con los destinos seleccionados.  Evitarán enviar nuevamente al verdugo a la casa del muerto.

En el psicoanálisis freudiano, las experiencias traumáticas reprimidas (el abuso de menores, por ejemplo) retornan siempre, con aspecto a la vez reconocido o familiar (aunque no se sabe porqué) y espantoso. En la historia puertorriqueña, todo deseo de vida en común, de proyecto político colectivo (es decir, de verdadera política), ha sido experiencia traumática, a menudo aplastada bajo la bota de la represión física literal, para luego ser enterrada bajo la tierra de la represión ideológica-psicológica que representa el individualismo a ultranza y el “sálvese quién pueda”.  No en balde, las sombras de nuestro propio futuro sólo se nos aparecen como fantasmas extrañamente familiares del pasado – de ahí el innegable poder de cuentos como Seva.

Esta vez, lo común retorna a nosotros en la extrañamente cotidiana forma de un banal y ordinaro huevo, lanzado por un Tipo muy Común.  Por eso, a nadie debe sorprender que dicho  “acto individual” no haya tardado en convertirse en referente directo de la acción colectiva reivindicadora del deseo y de la lucha por lo común. He ahí el ineludible elemento de la lucha de clases cuya mera mención tan profundamente aterra a sus más asiduos practicantes – lo común, lo que es de todas y todos, sólo puede florecer desde la brecha insalvable entre los que lo tienen todo y los que nada tienen.

Al romperse la cáscara del fatídico huevo lanzado por el Tipo Común, se resquebrajó también un poco la cáscara ideológica que nos impone la lógica de resolver cada cuál por su lado, y nunca, jamás rebelarnos para así “evitar problemas”.

Y eso, que el Tipo asegura no ser comunista.

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