¿Quién mata? Las mentiras de la nueva derecha

Recientemente fue publicada en El Nuevo Día una columna de opinión del periodista de origen cubano Carlos Alberto Montaner, titulada “El socialismo mata”.

Montaner es miembro de la Junta Editora del Miami Herald, y co-autor, con Álvaro Vargas Llosa, de la diatriba anti-izquierdista El manual del perfecto idiota latinoamericano. Junto con Mario y Álvaro Vargas Llosa, Jorge Castañeda y Carlos Fuentes, es uno de los principales ideólogos de la nueva derecha latinoamericana, compuesta principalmente de intelectuales de izquierda “arrepentidos” que más o menos abiertamente se han abrazado al neoliberalismo como filosofía económica y política.

El Nuevo Día es el diario de mayor circulación en Puerto Rico, propiedad del grupo Ferré-Rangel, empresa que ostenta el monopolio casi total de la prensa impresa del país, y es parte del Grupo de Diarios de América, junto con el pro-Pinochet El Mercurio de Chile y otros circulares de ultra-derecha. No es la primera vez que El Nuevo Día provee un foro a algún “experto” favorecedor del capitalismo de dudosos credenciales, sin el más mínimo esfuerzo siquiera por ofrecerle tiempo igual a los muchos y mejor preparados intelectuales que son críticos del capitalismo, al menos en sus versiones más salvajes e irrestrictas.

En el artículo, Montaner intenta contrarrestar la gran popularidad de los gobiernos latinoamericanos de centro-izquierda, citando al “notable economista hindú Swaminathan Aybar”. Puesto que no hay información alguna disponible en Internet sobre el economista “Swaminathan Aybar”, suponemos que Montaner se refiere al periodista de nacionalidad india Swaminathan Aiyar, quien posee una maestría en economía y es miembro del Cato Institute, un conocido instituto estadounidense dedicado a formular propaganda pro-capitalista.

Montaner hace referencia a un informe de Aiyar publicado recientemente por Cato, bajo el mismo título sensacionalista de su propia columna, “Socialism Kills: The Human Cost of Delayed Economic Reform in India”. El nada exhaustivo informe de 16 páginas concluye, como resume Montaner, que el no haber adoptado antes las actuales políticas económicas neoliberales le costó a la India las vidas de 14.5 millones de niños, además de 261 millones de analfabetos y 109 millones de pobres. Todas estas cifras se le atribuyen, llanamente, al “socialismo”. Impresionantes números, si tuvieran algo que ver con la realidad.

Lo primero es que llamar “socialistas” a las políticas económicas del gobierno de la India previo al comienzo de las reformas neoliberales en 1981 es tergiversar el lenguaje de forma injustificadamente arbitraria. Como bien señala el reconocido lingüista Noam Chomsky, la India ha practicado, desde su independencia de 1947, el capitalismo de estado, al igual que todos los países capitalistas democráticos (esto es así porque en las democracias representativas, con todas sus limitaciones, los trabajadores pueden movilizarse para exigir ciertas protecciones y garantías sociales; sólo en las dictaduras, como Chile bajo Pinochet, puede existir el capitalismo “puro”).

Aiyar basa su débil planteamiento en el mero hecho de la “gran influencia” que tuvo la Unión Soviética sobre la India durante el periodo inmediato pos-independencia, pero ello es un dato histórico de poca importancia, producto de razones geopolíticas obvias, que no diferencia en lo absoluto a la India de el resto de los países asiáticos y africanos que se independizaron en las décadas entre 1940 y 1980. En todo caso, es claramente falso sugerir que la economía india fue más “socialista” – es decir, hubo mayores protecciones sociales o mayor intervención del estado en la economía – que otros países con mucho mejor desempeño social durante el mismo periodo.

Un ejemplo claro es China, país vecino y que en 1947 ostentaba cifras económicas y sociales similares a las de la India. El Premio Nobel en Economía, Amartya Sen, también de nacionalidad india, ha señalado cómo, a pesar de no contar con un gobierno democrático, y haber atravesado una hambruna que costó decenas de millones de vidas entre 1958 y 1960, el gobierno chino inició entre 1950 y 1979 una serie de programas económicos y sociales que hicieron disminuir rápidamente la tasa de mortalidad infantil, entre otros indicadores sociales. Esa tasa también disminuyó en India durante ese periodo, pero mucho más lentamente.

Según un estudio realizado por Sen y su colega Jean Drèze, si la India hubiera entonces implementado los mismos tipos de programas que su vecino, el resultado hubiera sido casi 4 millones de muertes menos al año, que en todo el periodo de 29 años en cuestión suman 116 millones de muertes (8 veces el número de muertes que según Aiyar se hubieran evitado de adoptar políticas neoliberales durante el mismo periodo).

Durante todo ese periodo, el Partido Comunista Chino, entonces y ahora en el poder, siguió una política económica estrictamente ortodoxa de socialismo de estado, con mando centralizado y control estatal de toda la economía, que no puede suponerse ni por equivocación que fuera menor que la intervención del estado en la economía de la India en aquel momento. No es hasta que la política económica china cambia de rumbo, en 1979, adoptando políticas cada vez más neoliberales, que la tasa de mortalidad infantil en China comenzó a aumentar de forma aguda.

¿En qué se basa, entonces, la conclusión diametralmente opuesta de Aiyar con respecto a la India? Él mismo nos lo dice en el informe, de forma sorprendentemente cándida. Sencillamente, como la tasa de mortalidad infantil de la India sí ha disminuido desde 1981, y la economía también ha crecido a un impresionante ritmo de 7% anual desde entonces, asume automáticamente que una cosa se debe a la otra, y calcula una cierta disminución de la mortalidad infantil por cada porciento de crecimiento económico, traduciendo la disminución en “vidas salvadas”. Lo mismo en cuanto a la reducción del analfabetismo y de la pobreza en general.

No hace falta ser economista para darse cuenta que esto es una espeluznante chapucería. La primera regla del manejo de estadísticas es que correlación no necesariamente implica causalidad.  La segunda es que para demostrar una correlación fuerte, hay que descartar primero todas las posibles alternativas.

En primer lugar, Aiyar parece olvidar que ya la mortalidad infantil estaba disminuyendo en India, y de hecho disminuyó significativamente (aunque no a la misma velocidad que en la China socialista), durante las tres décadas anteriores de políticas económicas “socialistas”. Si bien es cierto que el ritmo de disminución ha sido mayor desde entonces, no hay ninguna razón obvia para establecer una causalidad entre la mortalidad infantil y el crecimiento económico, y mucho menos las políticas económicas neoliberales que celebra Aiyar. El “despegue” en la mejoría de las condiciones de salud muy bien pudiera deberse a un sinnúmero de otros factores que nada tienen que ver con la “apertura” económica. Pero Aiyar ni siquiera considera estas posibilidades para descartarlas.

Otro factor importante que Aiyar parece ignorar por completo es la gran disparidad económica y social entre los diferentes estados de la India, un país enorme con más de mil millones de habitantes en el que se hablan más de 700 lenguas. Esta disparidad se refleja en cuanto a indicadores sociales como la mortalidad infantil, que es muchísimo más alta en los estados del centro-norte.  Además, los sectores más afectados por las reformas económicas neoliberales han sido las castas bajas y grupos étnicos “tribales” marginados en todo el territorio nacional, concentrados principalmente en el tercio oriental. En esas áreas, el gobierno enfrenta una formidable insurgencia liderada por grupos maoístas, que han llenando el vacío creado por décadas de desatención por el estado, intensificada a partir de 1981.

Por el contrario, el estado sureño de Kerala, gobernado por el Partido Comunista durante varias décadas, ostenta una tasa de mortalidad infantil muy por debajo, incluso, que el promedio nacional, gracias en parte a políticas sociales progresistas, de las que “matan”, según Aiyar y Montaner.

Problemática también, por demás, es citar como experiencia capitalista positiva la de los “tigres asiáticos” que menciona Montaner, economías que supuestamente “despegaban”, mientras los indios y latinoamericanos permanecían estancados por estar “experimentando con el socialismo”. En primer lugar, porque ninguno de los países que menciona han practicado el capitalismo laissez faire puro y duro que defienden Montaner y Aiyar. Todos han sido estados desarrollistas que han mantenido un alto nivel de planificación estatal en sus respectivas economías, a la misma vez que abrían las puertas a la inversión extranjera. En segundo lugar porque todos son o han sido, durante la etapa de su “apertura” económica, sociedades jerárquicas con estados autoritarios y represivos, que si bien pueden ser atractivos para Aiyar y Montaner, difícilmente lo serán para las politizadas masas latinoamericanas. Tal vez lo que añora Montaner es imponer este modelo a punta de fusil, como de hecho sucedió en el ejemplo chileno que tanto admira. Finalmente, porque estas economías entraron en una profunda fase de crisis a finales de los 1990, que detonó el pánico en los mercados, y fue uno de los presagios de la actual crisis mundial que no termina.

El resto del artículo es un refrito retórico de la derecha idiota latinoamericana. La alabanza acrítica del modelo chileno impuesto a sangre y fuego por Pinochet, y la descalificación absoluta de la experiencia cubana, exclusivamente a base de indicadores económicos e ignorando por completo la realidad social.

Pero el tono desesperado de Montaner lo delata. Tal vez es que a pesar de todo, sabe perfectamente bien que los países latinoamericanos que mejor han podido enfrentar la actual crisis mundial, no son precisamente los que siguen obedeciendo ciegamente los dictados del FMI o el Banco Mundial. O tal vez ha visto los resultados de la último informe de Latinobarómetro, que indica una vez más que los venezolanos son no sólo quienes más valoran la democracia en el continente, sino quienes más democrático consideran a su propio gobierno.

La realidad es que los “expertos” como Montaner y Aiyar sólo son funcionarios de un aparato ideológico, compuesto por organismos como el Grupo de Diarios de América y el Cato Institute, al servicio del gran capital internacional. Sus “expertas” recetas económicas no son más que planos de una estrategia política, diseñada para desposeer aún más a la clase trabajadora y pobre, estrategia que hoy día vemos coger vuelo en Puerto Rico. No es casualidad que El Nuevo Día publique esta columna precisamente ahora, cuando muchos puertorriqueños se están cuestionando seriamente, quizás por vez primera, la legitimidad de un sistema cada vez menos democrático y que depara un futuro cada vez más precario para la inmensa mayoría.

Ciertamente, el costo humano de los proyectos socialistas del siglo veinte fue alto, y gran parte de ello es el resultado de decisiones económicas erradas en contextos de acelerada y dramática transformación social, particularmente en aquellas situaciones en que la falta de democracia real no permitió el insumo de los más afectados por dichas decisiones. Nada ganamos quienes creemos en una sociedad más libre y justa con intentar negar esto. No obstante, como demuestran los trabajos investigativos serios y honestos, como el de Sen y Drèze, cuando la realidad humana del capitalismo se mide con la misma vara con que se miden los fracasos de los intentos de socialismo, el costo es muchas veces mayor.

Hoy día, el “costo” que enfrenta toda la humanidad es el más alto de todos: la supervivencia misma de la especie. La alternativa es: o entendemos los errores del pasado, para asumir el reto de la “creación heroica” a la que nos llamaba el Ché Guevara, o nos resignamos a un mundo cada vez más desigual, cada vez más violento, cada vez más esclavo y cada vez más enfermo, hasta desaparecer. En América Latina, y en muchas otras partes del mundo, cada vez más personas que antes no tenían voz la están levantando para aceptar el reto.

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