Dimensiones éticas del debate sobre la legalidad del aborto: una reflexión materialista

Publicado originalmente en Poder, cuerpo y género.

El debate público sobre el aborto en los Estados Unidos y en Puerto Rico ha estado dominado, al menos desde la decisión histórica del Tribunal Supremo de los EE.UU. en Roe v. Wade (1973), por el discurso liberal de los derechos individuales. En esa decisión, el Tribunal determinó que las legislaturas estatales no podían impedir la decisión de una mujer de terminar su embarazo, hasta que el feto adviniera “viable” (capaz de sobrevivir desprendido del vientre materno). En ese momento, según el Tribunal, el interés estatal en proteger una vida potencial adquiría mayor peso que el derecho constitucional de la madre a la intimidad.

De esta manera, un Tribunal compuesto mayoritariamente por hombres, encajonaba el conflicto social entre las mujeres que reclamaban acceso al aborto legal y seguro y los sectores que defendían su criminalización, dentro de un “balance” entre dos derechos: el de la mujer a decidir y el del feto a la vida (como se manifiesta en los respectivos nombres que se ha auto-atribuido cada lado del debate: “pro-choice” y “pro-life”).

Al no definir claramente el momento de la viabilidad del feto en ese momento inicial, el Tribunal dejó la puerta abierta para luego ir restringiendo el derecho a decidir de las mujeres, ante el avance político del movimiento fundamentalista cristiano en los EE.UU.

Gracias en parte a la ideología sancionada de esta forma por el Tribunal, el discurso bio-tecnológico ha sido apropiado abrumadoramente, en el debate subsiguiente sobre la legalidad del aborto, por el sector anti-aborto. De hecho, el auge de este movimiento se debe en gran parte al desarrollo bio-tecnológico moderno. Hasta el siglo diecinueve, el consenso general científico, jurídico y religioso, era que la “vida” comenzaba en el nacimiento (incluso así define aún nuestro actual Código Civil a la “persona”). No en balde no es hasta mediados de ese siglo que el aborto comenzó a ser criminalizado en los estados de los EE.UU. Anteriormente, si bien la práctica no era favorecida, era más bien por razones abiertamente patriarcales y moralistas que buscaban controlar el comportamiento sexual de la mujer. Entrado el siglo veinte, la debilitación de esas justificaciones coincidió con el auge de los discursos y tecnologías que permiten describir el feto como “vida”, y por ende el aborto como “asesinato”.

De esta forma, no sólo se ha reducido cada vez más la ventana del aborto legal según los avances la tecnología pre-natal permiten expandir el periodo de “viabilidad”, sino que las imágenes intra-uterinas de fetos y embriones con “ojitos”, “manitas” y “corazoncitos” son utilizadas en espacios mediáticos para manipular emocionalmente la opinión pública.

Ello por supuesto, pudiera parecer irónico, debido a las fuertes tendencias anti-científicas del fundamentalismo político cristiano que predomina ampliamente en ese sector. Esta aparente paradoja hace resaltar dos señalamientos necesarios.

El primero es que ese sector ha dejado demostrada su gran destreza para manejar discursos pseudo-científicos (véase, por ejemplo, el éxito con el que han logrado fabricar un falso debate en torno a los currículos de las escuelas públicas, exigiendo tiempo igual para una supuesta ciencia creacionista que llaman “diseño inteligente”, contra la demostradísima teoría evolutiva de la selección natural). El segundo es que los discursos bio-científicos no necesariamente están tan lejos del fundamentalismo religioso como pudiera aparentar a simple vista. Como ha señalado Slavoj Žižek, la bio-ética que permea incluso el discurso eco-ambientalista ha llegado a reemplazar a la religión en su función hegemónica mistificadora.

El problema es el siguiente: sin negar la importancia que le podamos asignar a la protección de los sistemas vivos (incluyendo el humano) por otras razones, mientras le atribuyamos a la “vida”, en tanto proceso biológico, un valor ético inherente, nos está vedada entonces, a la especie humana, cualquier intervención activa que tenga un impacto adverso sobre la “naturaleza”. Esto tiene implicaciones directas en el debate en torno a la legalidad del aborto. Veamos.

En primer lugar, mantener el debate dentro del ámbito del discurso liberal de los “derechos” individuales le ha costado muy caro al movimiento pro-opción. Ello se debe a que, por más que se niegue, en el discurso liberal dominante existe una jerarquía implícita de derechos, en la cual el derecho a la vida siempre triunfa sobre los demás, pues se presume aquél sin el cual es imposible ejercitar los demás derechos. Como el liberalismo se fundamenta en una noción monista del individuo sujeto-del-Derecho, en la cual el cuerpo sufriente del individuo es el límite intransgredible de toda acción política, el eco-bio-eticismo tan sólo refuerza esta noción.1 Aunque desde el feminismo radical y el feminismo socialista a menudo se ha cuestionado la manera en que el discurso jurídico enmarca el derecho al aborto, al articular el problema como defensa del derecho de la mujer individual a decidir, se hace difícil romper con la triada individuo-cuerpo-derecho que gobierna la lógica liberal dominante.2

Desde una perspectiva filosófica plenamente materialista (que no se subordina a una lógica más allá de la multiplicidad pura del ser, ya sea divina o “natural”), el estatus ontológico de la vida y la no-vida es estrictamente indiferente. Es decir, la vida, humana o no humana, no tiene una sustancia o esencia ética en sí misma. Ello no implica un desprecio de la vida, ni licencia para actuar de manera anti-ética. Por el contrario, abre el camino hacia la acción propiamente ética, independientemente de la existencia o no de sanciones divinas.3

Tampoco significa que no deban existir prohibiciones sociales y consecuencias jurídicas, por ejemplo, contra el acto de matar (para ello hay buenas razones de sobra, que no tengo espacio para discutir aquí, que nada tiene que ver con que la vida sea “sagrada”). Meramente significa que una ética materialista se fundamenta no en certezas inmutables, sino en la lucha individual y colectiva con nuestras propias contradicciones. En momentos en que el conocimiento y los códigos sociales existentes son insuficientes, ello implica la valentía para tomar decisiones inciertas, asumir posiciones y defenderlas hasta sus últimas consecuencias.

En cuanto al debate en torno a la legalidad del aborto, el debate sobre la “vida” o “humanidad” del feto resulta entonces irrelevante. El momento en que “comienza la vida” queda revelado como una construcción social tan arbitraria (y por cierto, culturalmente variable) como la edad en que un “menor” tiene acceso pleno a sus derechos como ciudadano. De nuevo, ello no significa que no pueda haber un consenso social en torno a este particular, sino meramente que no hay razón alguna, que no sea una mistificación (religiosa o bio-ética), que fundamente equiparar jurídicamente el aborto con el asesinato de personas nacidas.

De esta forma, se desvanece uno de los lados del “balance de derechos” que buscaba establecer el Tribunal Supremo en Roe. Lo único que queda es el poder de las personas nacidas “mujer” para controlar sus cuerpos frente a quienes siempre han tenido y siempre tendrán ese poder – las personas nacidas “hombre”.

Mantener o no el acceso legal, higiénico y seguro a ejercer ese poder, es una decisión incierta (no fundamentada en ley divina o natural) que debemos tomar, continuamente, quienes creemos en la igualdad. Tengamos la valentía de defenderla, hasta sus últimas consecuencias.

2Mary Poovey, “The Abortion Question and the Death of Man”, Feminists Theorize the Political, Judith Butler & Joan W. Scott, Eds., Londres: Routledge (1992), pp. 239-256.

3Slavoj Žižek, Violencia en el acto: Conferencias en Buenos Aires, Analía Hounie, Ed., Buenos Aires: Paidós (2003), pp. 67-69; véase también Slavoj Žižek, Violence, Nueva York: Picador (2008), pp. 135-137.

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