Intelectuales, y/o académicos

Todo proceso de lucha, a la larga, tiene sus renegados.  La Huelga Estudiantil de la UPR del 2010, si la vemos como la más reciente fase del proceso de luchas “económicas” estudiantiles que comenzó con la huelga de 1981 (y cuya resolución victoriosa, por cierto, abre una nueva etapa en la lucha estudiantil) no fue la excepción.  Esta vez le tocó el turno al Prof. Jorge Lizardi Pollock, quien fuera militante estudiantil en las décadas de 1980 y 1990. En el siguiente artículo de su blog, Multitud Enred(ada), Iván Chaar López desmantela hábilmente las pretensiones academicistas de Lizardi.

La academia y la intelectualidad, o un argumento contra el Olimpo

Iván Chaar López

[…]

Este ensayo surge como respuesta a los artículos de Jorge Lizardi Pollock que fueron publicados en Facebook y, posteriormente, en La Acera, así como los debates que se suscitaron en las redes sociales. Aunque llego un poco tarde a la fiesta, quiero aprovechar este espacio para esbozar una crítica a la propuesta de asimilar la idea del “académico” con la del “intelectual” y la noción de una universidad limitada al aula y la producción de conocimiento desde un escritorio.

Un primer paso en este debate debe ser exponer lo que Lizardi Pollock define como intelectual y como universidad. En su nota “¿Por qué no somos más críticos con la huelga?”, el profesor sostiene que los estudiantes debíamos reconsiderar nuestra táctica (la huelga) y optar por las estrategias que su generación armó en la huelga de 1991. Más que una crítica, Lizardi intentó armar una “verdad” que teníamos que aceptar porque viabilizábamos la “destrucción de la universidad” con nuestra huelga. Este tipo de acción lo que hace es demoler el pensamiento, la democracia y el fortalecimiento de la UPR. La actividad intelectual, en este sentido, solo se puede dar “dentro” de la universidad como espacio físico y estructural.

Mas, ¿quién es el intelectual para Lizardi y quienes concordaron con su propuesta? Es el que produce un pensamiento diverso, crítico y libre desde la institución de la universidad – ese espacio privilegiado de pureza mental. En ese sentido, se desdibuja la frontera entre académico e intelectual o, más bien, se fusionan ambas identidades. ¿Qué implicaciones tiene esta fusión? Afuera de la universidad no hay intelectuales, en otras palabras, afuera de la universidad no hay producción de pensamiento diverso, crítico y libre. ¿Es, entonces, el pensamiento más allá de los portones universitarios homogéneo, acrítico y prisionero? La subjetividad del intelectual en este tipo de planteamiento una clase social distintiva, que concibe al margen de la sociedad en la que vive. Paradójicamente, el argumento de algunos por la “apertura” de los portones termina siendo una defensa por el aislamiento del pensamiento y la producción de conocimiento, es la construcción de un nuevo cerco simbólico que proteja la entrada al Olimpo de la intelectualidad.

No armaré aquí una definición profunda de lo que es un académico o un intelectual, pero delinearé por dónde navega mi mente. Una distinción simple sería estipular que el académico es un investigador/docente, experto en alguna(s) materia(s), que trabaja en una institución universitaria y entre sus labores se encuentra la producción de conocimiento, su compilación, su preservación y su difusión. Todo ser humano cuenta con la capacidad de pensar, analizar y discernir. Por lo tanto, lo distintivo del intelectual no necesariamente es el acto de pensar, sino su relación con los variados procesos de producción (material e inmaterial) y su producto, su capacidad de modificar las relaciones de producción, de proponer su concepción de mundo y de suscitar ideas nuevas. El intelectual, entonces, es un agente en la producción inmaterial y su agencia no se circunscribe al espacio de la universidad, sino que sucede en todo tipo de sitio social; el intelectual no es una clase social, sino un rol de alguna subjetividad.

La figura del intelectual ya no es la consagrada imagen del individuo sentado rodeado por su biblioteca. La universidad dejó de ser el único lugar para la negociación de democracias y la producción de conocimientos. Temo anunciarles, enredados y enredadas, que la muralla que bordeaba al Olimpo colapsó y que los mongoles han cruzado la frontera. ¡Sálvese quién pueda, quién quiera o quién necesite! Aquella arcaica jerarquía de saberes se viene abajo y, por extensión, la autoridad del “intelectual/académico” se desmorona. Tal vez ese sea el mayor temor de Jorge Lizardi Pollock y los “¿otros?” que coincidieron con su lectura: la horizontalidad de un

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