Go Home

Este artículo también ha sido publicado en Bandera Roja En Línea.

El próximo 14 de junio, Barack Obama se convertirá en el segundo presidente de los Estados Unidos que pisa suelo boricua durante su cargo, en el último medio siglo.  La fecha coincide con el 50mo aniversario del paso por la Isla por el entonces presidente, John. F. Kennedy.  El propósito real de la visita, que durará escasas horas, será cortejar, con miras a las elecciones presidenciales del 2012, los votos de los puertorriqueños y puertorriqueñas.

No hablo, por supuesto, de los casi 4 millones de residentes de la Isla, quienes no tienen ni tendrán derecho a elegir al líder de la nación extranjera que la ocupa militarmente desde hace 113 años, sino de sus 4 millones de familiares que en diferentes épocas han emigrado a las ciudades de la metrópolis, escapando de las condiciones económicas y sociales en la colonia (500,000 solo en los pasados 10 años).  Particularmente, los casi 800,000 que se han establecido en el electoralmente crucial estado de la Florida, y cuyos votos son un contrapeso natural al los del tradicionalmente republicano exilio cubano.

Al igual que hace 50 años, ambos partidos coloniales se preparan a toda prisa para celebrar su llegada como si se tratase de un acontecimiento de gran envergadura en la historia de nuestro pueblo.  Entre tanta pompa y fanfarria, no ha habido espacio para una reflexión crítica sobre lo que representa el personaje y el significado de su visita.  ¿Quien es, realmente, Barack Hussein Obama?  ¿Es su presencia entre nosotros y nosotras motivo de festejo?

No fueron pocas las personas, en todo el mundo, que recibieron con optimismo la elección del primer presidente negro de los Estados Unidos, y no es para menos.  Además del profundo contenido simbólico de la llegada de un hombre de descendencia africana a la más alta posición política de una nación marcada desde sus raíces por el carimbo y el látigo, muchos creían ver una luz al final del túnel de oscuridad que fue la era Bush.  Obama triunfó con el respaldo decisivo, no solo de los negros, sino de parte significativa de los trabajadores y trabajadoras de todas las razas, quienes se encomendaron a él frente a la hecatombe económica mundial que apenas comenzaba, provocada por la especulación financiera.

En tres años, Obama no sólo no ha satisfecho las esperanzas que a él se aferraron, sino que las ha traicionado diligentemente.

Ha continuado las aventuras guerreristas de Bush en Iraq y Afganistán, extendiéndolas a Paquistán y bombardeando hipócritamente a Libia para mantener el control sobre las insurrecciones populares del mundo árabe.  Ha preservado el campo de concentración de Guantánamo y legitimado la política de uso de la torturas, detenciones arbitrarias y prisiones secretas de su predecesor.  Ha recrudecido la vigilancia y represión interna sobre los grupos anti-militaristas y de solidaridad internacional.  Ha incumplido su promesa de promover una verdadera reforma de salud con opción pública, y de aprobar leyes que faciliten la sindicalización.

En lugar de castigar a los responsables de la ruina de miles de familias trabajadoras y pobres, les ha recompensado.  Lo mismo va por los artífices de la catástrofe ambiental.  Mientras la crisis se sigue esgrimiendo como pretexto para despidos, reducciones de salario y recortes de presupuesto, un puñado de superbillonarios hoy lo son más que nunca.

Todavía hay mucha gente, en Estados Unidos y en todo el mundo, que piensan que Obama ha hecho lo mejor que ha podido en una situación difícil.  Pero la realidad es que ninguna de las políticas que he resumido aquí se han concretado a pesar de sus esfuerzos, sino como consecuencia directa de ellos.

En Puerto Rico, por supuesto, sigue siendo el principal representante  del sometimiento colonial que es directamente responsable, al menos en parte, de la debacle (unas veces más acelerada que otras) que golpea con cada día más fuerza a la clase trabajadora y pobre, desde la última vez que un presidente pisó suelo boricua.

Más que suficientes razones para salir a la calle el 14 de junio a gritar, de forma contundente y sin reparos, “¡Obama, go home!  ¡Independencia ahora!  ¡Libertad para Óscar, Avelino y Norberto!”

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