A propósito del Chuchin…

Foto tomada de Internet (Primera Hora/Gerald Lopez-Cepero).

En una excelente columna publicada hoy en El Nuevo Día el perspicaz periodista Benjamín Torres Gotay observa:

El Chuchin, con su exhibicionismo patético y su antológica torpeza, puede ser la muestra más clara posible del bajísimo nivel en que han caído nuestras instituciones públicas, la evidencia irrefutable de que un elemento de cualquier calaña, si tiene dinero, puede ganarse la confianza de decenas de miles de electores, el epítome, en fin, de todo lo que está mal en nuestra Legislatura.

Pero todos sabemos que El Chuchin está muy lejos de ser el único especimen bochornoso electo por el voto libre y democrático de los puertorriqueños. En la Legislatura, como vemos todos los días, hay demasiados analfabetas, ladrones, abusadores conyugales, truqueros y amigos de narcos.

Si no lo cree, piense por un momento en cada uno de los siete legisladores que han salido por la puerta de atrás del Capitolio en este cuatrienio y se dará cuenta que cubren todos los puntos cardinales del país, todas las lindezas antes descritas y todas las estratas sociales.

A todos los pusimos nosotros allí, porque el sistema de conteo de votos puede ser la única instancia pública que funciona a la perfección en Puerto Rico. Si es cierto eso de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, pues nosotros lo tenemos más merecido que otros, porque a todos los colocamos nosotros allí.

El análisis de Torres Gotay, sin embargo, se queda corto.  “Chuchin” no solo representa un mal endémico cultural del boricuismo tardío.  ¿Quienes son “la legión de cacos que andan por ahí forrados de blin blin, en carros aniquelaos, aficionados a la nébula, a acortar distancias y a funcionar en los márgenes,” de quienes, según Torres Gotay, Chuchin no es más que la versión encorbatada? Aspirantes a empresarios, pichones de capitalista amamantados en y por la narco-versión tropical–legado del coloniaje moderno y la acumulación desigual–de un sistema productivo mundial en acelerada descomposición política, económica y cultural (la tan lamentada pérdida de “valores”, síntoma de una enfermedad mayor).  ¿Qué otra cosa significa “vivir del trabajo” de los demás? ¿O acaso el desvalijamiento contínuo del país que diaria y silenciosamente llevan a cabo los oligarcas Carrión, Fonalledas o Ferré es menos dañino porque se hace con caché?

El siguiente extracto, tomado de un ensayo publicado anónimamente en la revista electrónica Investigaciones Militantes en el 2009, intenta explicar por qué para entender a especímenes como el Chuchin, hay que trascender el axioma clichoso de que “los pueblos tienen los gobernantes que se merecen”:

En Puerto Rico, lo Real-reprimido que retorna con la “crisis” de la que todo el mundo habla pero nadie quiere nombrar, no es otra cosa que el inseparable binomio capital-colonia , y que se manifiesta, en el plano político, en la “ineptitud” de nuestros gobernantes. No se trata, pues, de que las personas “equivocadas” estén en el poder, como si los seres humanos tuviéramos una esencia intrínseca e inmutable, en el sentido platónico. Tampoco, como argumentaría el elitismo neo-platónico, de que la democracia representativa moderna haya dado acceso al poder a las masas ignorantes. Se trata sencillamente de que lo Real de nuestro espectáculo político-electoral, es la lucha de clases intrínseca al capitalismo como tal.

Para Marx y Engels, el Estado, en última instancia, es “el [poder] ejecutivo de toda la burguesía”. Para fungir de funcionario del capital, no hace falta proceder de un trasfondo acomodado, sino únicamente ser leal a las “reglas del juego” capitalista. En la democracia representativa formal, las elecciones no son otra cosa que un mecanismo de mercado a través del cual diferentes sectores del capital “invierten” su dinero (en forma legal e ilegal) en candidatos que los electores “compran”, para determinar como mejor administrar esas inversiones.

En tiempos de estabilidad, el mecanismo funciona relativamente bien, y resultan electos candidatos más o menos diestros para tomar las decisiones que mejor garanticen la estabilidad a largo plazo del sistema, ayudando a contener dentro de las reglas del juego a los y las trabajadoras y otros sectores oprimidos y subalternos, mediante concesiones. De ello consistió el consenso keynesiano o social-demócrata que fue hegemónico en gran parte del mundo capitalista desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1980.

En tiempos de crisis, sin embargo, las fórmulas de estabilidad fallan, las certezas se desvanecen y el terreno político-electoral favorece a administradores más comprometidos con la ganancia inmediata del sector del capital que resulte dominante. La “crisis” política consiste en que todo el mundo sabe el “secreto” de que la democracia no es tal cosa, pero continúa cínicamente jugando el juego, lo que resulta en la perpetuación en el poder de “líderes” como Santini, o el Presidente italiano Silvio Berlusconi.

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