¿Qué es la lucha de clases?

Qué clase de luchadores...

Nota: Este escrito es una reflexión sobre una serie de comentarios en Facebook de Iván Chaar-López.  No es (aún) una respuesta a su provocador e interesante ensayo “El fin de la lucha de clases”, aunque ciertamente se puede elaborar una respuesta crítica a lo allí planteado partiendo de este marco conceptual.

Como mínimo, un concepto muy manoseado y poco entendido, que da mucha de qué hablar, a favor y en contra, entre los círculos intelectuales más o menos cercanos a la izquierda estudiantil y universitaria.

Por ejemplo, un comentario reciente de un apreciado contacto de Facebook: “Aún persiste la lectura de lo político como dominado y regulado por la lucha de clases, por ese enfoque en el choque económico que descarta, menosprecia y trivializa las otras formas de dominación.” Más adelante, añade el amigo: “El poder es una red de relaciones, la lucha de clases es un nexo más y no el centro en este complejo entramado de relaciones de poder.” Y luego, “Asumir que el concepto de clase incluye todo lo demás es subsumir todas las demás luchas y relaciones de poder a la económica.”

Creo que hoy por hoy, muy poca gente en la izquierda organizada tiene objeciones fundamentales con esta definición del poder, o con esta crítica del reduccionsimo económico. No obstante, la crítica a menudo se equivoca de enfoque.  El error es producto de una cierta caricatura, bastante generalizada, del concepto de “lucha de clases”, que tiene su raíz en el economicismo vulgar en el cual frecuentemente tiende a caer el análisis marxista. No es mi intención, con este reconocimiento, impugnar el marxismo per se, sino hacer una autocrítica, desde la propia tradición marxista, de una debilidad recurrente (producto de sus orígenes históricos) que aflora con demasiada facilidad cuando perdemos de vista el carácter dialéctico del marxismo como sistema de pensamiento complejo y viviente.

Sencillamente, es una equivocación entender que al insistir en la relevancia de la lucha de clases como marco conceptual, se hace una valoración de la importancia relativa de la lucha de clases frente a otras luchas, como también lo es entender que “subsume” las demás bajo esta.

Por lo general, este tipo de debate surge cuando se discuten luchas o procesos que abarcan categorías identitarias diferentes a lo que tradicionalmente se entiende como “clase social”.  Quienes sostienen la crítica del concepto lucha de clases, a menudo confunden las equivalencias que se trazan entre identidades particulares al interior de la lucha de clases con un rechazo ciego de la importancia independiente que puedan tener las formas de dominación y resistencia que corresponden a esas identidades.

No es lo mismo decir “lo importante no es ser homosexual o no, sino la posición que se asume en la lucha de clases,” que decir “lo importante no es la lucha contra la opresión sexual, sino qué posición se asume en la lucha de clases.” Lo segundo, ciertamente, sería “descartar, minimizar y trivializar otras formas de dominación.”  En el primer enunciado, por el contrario, se puede insertar cualquier categoría identitaria, incluso por ejemplo (y esto sería una afirmación controversial para el economicismo vulgar en el que a menudo se pretende encasillar a toda la tradición marxista): “lo importante no es haber nacido obrero o burgués, sino qué posición se asume en la lucha de clases.”

En este tipo de enunciado, la “lucha de clases” no es una identidad particular más que asume un papel central por encima de las demás, sino que corta transversalmente todas las identidades particulares (incluso las de “clase”, que es lo que no comprende el marxismo reduccionista o economicista), de la misma forma que, como plantean Žižek y Badiou, por ejemplo, para Pablo, la fé en el acontecimiento de la resurrección de Cristo no admite distinciones entre judíos y gentiles, hombres y mujeres, etc.

Tampoco es correcto plantear que así se subsumen todas las demás luchas bajo la de clases, pues no se trata (aunque esto sí lo han hecho y quizás continúan haciendo algunos marxistas reduccionistas) de que dichas luchas quedarán resueltas con la culminación de la lucha de clases (de hecho, al menos desde Trotsky y Mao, ¡ni la lucha de clases queda resuelta por la lucha de clases!), simplemente que cualquiera puede estar a un lado u otro de este conflicto político, independientemente de sus identidades particulares.

La clase no es una categoría meramente económica, como creen tanto los marxistas economicistas como muchos de sus críticos, sino que es una relación compleja que abarca aspectos económicos, políticos y culturales. Se trata de una relación de poder, definida en la tradición marxista por el posicionamiento de los actores con respecto a los medios “económicos” de producción, pero primordialmente política: la clase es ante todo la posibilidad de luchar en común, como resultado de la dominación que caracteriza la relación y de la acumulación espacial y temporal de fuerzas.

La dominación de clases ciertamente no es la única relación de dominación que existe en las sociedades humanas contemporáneas, como tampoco es única la lucha de clases. Para simplificar, podemos hablar de dos ejes de dominación principales, en adición al de clases: el de género/sexualidad y el de raza/étnia. De la misma forma, es un error atribuir a estos ejes un carácter “cultural” en contraste con el carácter determinantemente “económico” de la clase. Es más útil hablar de lógicas de producción (clase), deseo (género/sexualidad) y pertenencia (raza/étnia), recordando que todas tienen aspectos económicos, políticos y culturales. Ninguna de estas lógicas es totalmente independiente de las demás, ni tampoco pueden ser reducidas las unas a las otras: se determinan mutuamente, en mayor o menor grado según la configuración histórica.

De tal forma, el capitalismo, el patriarcado heteronormativo y el racismo/xenofobia contemporáneos surgen en distintos momentos históricos, en diferentes lugares, y se han ido condicionando y adaptando entre sí, pero sería absurdo argumentar que lo han hecho en igual grado: mientras que el patriarcado y la xenofobia aún se manifiestan en formas principalmente locales, en muchas partes del mundo, el capitalismo, con todos sus desarrollos “desiguales y combinados” es hoy una red mundial cuya fuerza avasalladora subvierte los sistemas locales de dominación y que incluso lleva consigo de la mano los códigos sexuales y/o étnicos occidentales.

De igual forma, las resistencias y luchas que surgen de cada lógica de dominación llevan su propio ritmo y se condicionan mutuamente. Por lo tanto, sería una tontería preguntar cual de ellas es “más importante”, y una pérdida de tiempo cualquier intento de reducir o subsumir unas a otras. Cualquiera que se piense luchadora contra la opresión tiene el deber de luchar contra todas las opresiones, pero corresponde a cada cual establecer sus prioridades según, donde y junto a quienes se sienta llamada.

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