Luchamos

A todxs las y los que luchan. Pero sobre todo, a la UJS-MST. Cuestiónense a sí mismxs constantemente, y escuchen las críticas; pero al cinismo, ni una pulgada.

"No hay, en efecto, mentira más descarada que la consistente en sostener, aun y sobre todo en presencia de lo irreparable, que la rebelión no sirve de nada.  La rebelión se justifica por sí misma, con plena independencia de sus posibilidades de remediar o no la situación de hecho que la determina.  Es la chispa en el viento, pero la chispa que busca el polvorín." 

- André Bretón

Hace mucho que están decididamente fuera de moda las vanguardias, en las artes como en la política, pero sobre todo en ese sector ambiguo y auto-escéptico que en un momento se llamó “izquierda”. No en balde el mismísimo Subcomandante Marcos, proclamó hace unos años como se cagaba en todas las vanguardias del mundo. Sus herederos actuales, los indignados ocupadores de las plazas del Primer Mundo, se han tomado el dictamen a pecho, llendo a grandes extremos para negar que su seno pueda acoger rastro alguno del viejo vanguardismo.

La aversión es entendible. La palabra “vanguardia,” en el léxico político-izquierdoso del siglo veinte, se asocia a cierta (mal-) interpretación del ¿Qué hacer? de Lenin, según la cual el Bolchevique negaba la capacidad de la clase obrera de emanciparse a si misma y pretendía imponerle la dirección de una cúpula de intelectuales radicalizados. Esta, según la versión vulgar, sería la “vanguardia.” Sin entrar en los pormenores de la teoría de Lenin, ni en sus méritos y defectos (y en mi opinión tiene mucho de ambos), se debe al menos aclarar el récord, tantas veces masacrado por profesores de Ciencias Sociales.  Para éste, la acción propiamente revolucionaria surge de la fusión de las luchas “espontáneas” de la clase trabajadora y la teoría revolucionaria. La “vanguardia” leninista no es otra cosa que el conjunto de personas, surgidas de esa fusión, que han adquirido ciertas destrezas y capacidades a través de las experiencias de lucha.

En todo caso, tras el colapso del bloque soviético y el llamado socialismo real (e incluso desde antes), la versión vulgar del leninismo se incorporó como mito fundador de un cuerpo de pensamiento que para usar su propio léxico podemos llamar “anti-totalitarismo” (o liberalismo anticomunista), en el que se equipara al socialismo de estado del siglo 20 con el fascismo y el nazismo (incluso hay quienes han hecho esfuerzos nada despreciables por demostrar que fue “peor”). Sin defender lo indefendible ni negar una sola de las atrocidades reales que se cometieron en nombre del comunismo y del socialismo, opino que este aspecto de la teoría anti-totalitaria es insostenible e intelectualmente deshonesto – pero eso es tela de otro costal.

Lo importante, en lo que nos concierne aquí, es que en ciertas versiones de esta teoría (sin duda sobrerepresentadas entre discursos académicos, oficiales y mediáticos), el “pecado original” que comparten totalitarismos de izquierda y de derecha es el vanguardismo que sin falla se transforma en culto al líder y estructuras asfixiantes de dominación. Esto se traduce, en la calle, en una aversión generalizada a todo lo que sea liderato, organización, dirección, convicción, compromiso o militancia. Al menos en el llamado Primer Mundo, las luchas anti-sistémicas que poco a poco van resurgiendo, reproducen gran parte de ese discurso dominante, matizado por lenguajes y estilos ácratas y libertarios. El genuino antiautoritarismo, el rechazo de las jerarquías y la sospecha saludable hacia las estructuras, se convierten, en época de reflujo histórico y autoflagelación por los pecados del siglo pasado, en celebración de lo inconsecuente y en la farsa del “movimiento sin líderes.”

¿Qué hacer, entonces, con las vanguardias? Por si queda alguna duda, aclaro que para nada excuso, ni mucho menos celebro, nada de aquello por lo cual quepa condenar a las vanguardias realmente existentes del siglo pasado – ni las artísticas, ni las políticas, ni ninguna otra. Pero tampoco me convencen quienes una y otra vez se han cagado en las vanguardias, y mucho menos quienes haciéndolo, garantizan así para sí mismos es espacio que alegan repudiar.

Quizás lo que quede por rescatar de la palabra, su “núcleo duro” de valor político, esté en su acepción original: en lenguaje militar, una vanguardia es un destacamento que se adelanta al grueso de un ejército. No ejerce prerrogativa ni privilagio alguno sobre este, no impone el ritmo de la marcha, no decide por los demás, ni siquiera “dirige” en el sentido tradicional – nadie la “sigue,” excepto en el sentido estrictamente literal. Solo es el conjunto de las y los primeros en entrar en combate (y en sufrir bajas y heridas).

Parafraseando a Benedetti, quizás mi única noción de vanguardia sea esta urgencia de decir luchamos.

Sé que esta versión “heróica” tampoco convencerá a muchos, y es muy saludable que así sea. Pero a fin de cuentas, en tiempos de “normalidad” y de no-lucha (y no nos desenfoquemos: a pesar de todo lo que apenas empieza a moverse nuevamente en todo el mundo, seguimos en tiempo de normalidad), cualquier lucha es, en este sentido, una vanguardia. Vanguardia es, entonces, sinónimo de chispa, semilla, de embrión. Es un a-venir, un sueño o deseo de una lucha que se sabe incierta, pero a pesar de todovendrá. Este absurdo subjetivo es lo que algunos llaman fé (que no es la certeza ciega de los fundamentalistas, sino todo lo contrario), sin la cual ninguna transformación verdadera de la condición humana es posible. En esta visión, organización, liderato, estructuras y demás accesorios típicamente asociados al concepto vulgar de vanguardia, se convierten en meras herramientas.  Si bien no deben nunca fetichizarse, tampoco hay porqué despojarse de aquellas que demuestren utilidad práctica.

Nada de esto, por supuesto, es para restarle importancia a las consideraciones éticas e imperativos democráticos que deben regir el proceso interno (de por sí contradictorio) de cualquier lucha. El menosprecio de tales consideraciones le costó mucho a las vanguardias pasadas. Pero no fue ni la organización, ni las convicciones, ni la existencia de liderato, lo que trepó al Estado a un pedestal sangriento que nunca le correspondió, sino la estúpida certeza pseudo-científica de estar del lado de la Historia.

Superar esa ceguera es uno de los beneficios de la derrota. Ya sabemos que no luchamos en nombre de la historia, y que a menudo lo hacemos en su contra.

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One thought on “Luchamos

  1. Por su parte, en el ámbito literario era precisa una profunda renovación. De esta voluntad de ruptura con lo anterior, de lucha contra el sentimentalismo , de la exaltación del inconsciente , de lo racional, de la libertad, de la pasión y del individualismo nacerían las vanguardias en las primeras décadas del siglo XX .

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