Las verdades verdaderas (Respuesta a Carlos Pabón)

TheTruthIsOutThere

“…que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas
del que morirá cantando las verdades verdaderas.”
–Víctor Jara

En su reciente columna “Fundamentalismo y ‘Verdad’”, el profesor Carlos Pabón disecta y rechaza – a mi juicio, correctamente – las aseveraciones del Juez del Tribunal Supremo de Puerto Rico, Miguel Kolthoff en torno a lo que este último llama “verdades absolutas, perennes, inmutables,” que no dejan de serlo aunque la razón no las reconozca, para justificar la decisión del Tribunal de denegar una moción de reconsideración a una pareja lesbiana en un caso de adopción. Vale la pena citar aquí extensamente el fundamento teórico en el que se basa el autor en su crítica a tal razonamiento:

verdad es una palabra, un concepto, una metáfora y no una cosa que existe objetivamente, exterior al discurso. La verdad es una representación que está constituida por y en el lenguaje. No hay una conciencia central y omnicomprensiva que garantice la “objetividad” y la coherencia de la “realidad”, como tampoco existen discursos inocentes que puedan representar, de forma neutral y transparente, la verdad. Solo tenemos una sucesión de interpretaciones. La verdad está siempre en fuga para ser producida y construida. Está vinculada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que induce y que acompañan al régimen que la produce.

Acto seguido, Pabón pasa a repasar las manifestaciones de la “verdad absoluta” (Dios, Ciencia, Razón) en cuyo nombre los seres humanos han cometido atrocidades unos contra otros a través de los siglos. Concluye con un llamado a “insistir en un horizonte ético-político que impulse el desenmascaramiento de la sacralidad de todo fundamento absoluto, de toda verdad absoluta, ‘de verdades perennes e inmutables’.”

Quiero comenzar mi intervención señalando que concuerdo en que no hay verdades absolutas, que es solo otra manera de decir que, al igual que Pabón (y contrario a Kolthoff), no creo en causas ni razones metafísicas, más allá de la existencia misma. En palabras del filósofo francés Alain Badiou, parto del axioma de que “lo uno no es, el ser es múltiple.” No obstante, me detendría sobre el horizonte ético-político al que nos invita el autor, para reiterar una pregunta sencilla que se ha hecho muchas veces (y a mi entender, sin respuesta satisfactoria): ¿No se basa dicho horizonte, también, en una verdad? ¿Basta con llamarlo “horizonte”, posicionarlo en la lejanía como para consolarnos con la imposibilidad de alcanzarlo, para liberarlo de su incómodo status como verdad, en el mismo sentido en que la propia Biblia nos dice que “la verdad os hara libres”?

En otras palabras, cuando un sujeto individual o colectivo se vincula auna idea, se haze fiel a ella, independientemente de que esta refleje “auténticamente” la realidad, de manera que esta se hace material, empujándolo hacia la acción, estamos en presencia de una verdad. Por poner un ejemplo concreto, muy cercano al tema que motiva la discusión, cuando los sectores más consistentes del movimiento LGBTTQI se enfrentan a fundamintalistas como Kolthoff, no lo hacen planteando una equivalencia entre las verdades parciales y relativas del derecho a odiar y el derecho a amar. Por el contrario, se habla de Igualdad, Dignidad, Justicia, Libertad, como verdades que deben ser para mover a quienes se sienten identificados con ellas, contra aquello que impide su realización en el mundo.

¿Hemos de tachar entonces este discurso libertario también de “fundamentalista”? ¿Conformarnos con defender u ocasionalmente retocar una institucionalidad cómplice y corrupta, abandonando en manos de la derecha la capacidad de oir y responder al llamado de una verdad? Me parece que por demasiado tiempo, ya sea por “estrategia” o resignación, esta ha sido la actitud de las izquierdas, no solo en Puerto Rico sino a nivel mundial, con catastróficas consecuencias de las cuales solo ahora comenzamos a sacudirnos soñolientamente. Parafraseando un popular dicho contemporáneo acerca de los políticos (aplica también a los economistas), “la verdad es demasiado importante para dejársela a los fundamentalistas.”

Frente al fundamentalismo absolutista de Kolthoff y un blando “horizonte ético-político” de respeto a las diferencias sin más, propongo una tercera opción (o quizás, si se me permite, una especificación). En lugar de trivializar el concepto de la verdad, aferrémonos a él, ni como fundamento metafísico, ni como mera ficha en un juego linguistico. La verdad, en este sentido, no sería objetiva, sino por el contrario, absolutamente subjetiva: la vinculación con una idea que nos compele a actuar. Contra las verdades que justifican la exclusión y la opresión, en lugar de escondernos en la maleza de signficados flotantes, levantemos verdades liberadoras para que otrxs acudan al llamado y las levanten también.

Este tipo de verdad no pretende habitar una realidad “objetiva”, como las absolutas, pero tampoco acaba en la representación-lenguaje como parece sugerir el texto de Pabón. Invocando a Badiou nuevamente, podríamos decir que “solo hay cuerpos y lenguajes, excepto que hay ideas.” Es cuando un/os cuerpo/s se enganchan a una idea, que se producen simultáneamente la verdad y su sujeto. Las verdades, entonces, se encuentran en aquella parte de lo real-múltiple que se decreta imposible desde la “realidad” (el reino de la representación-lenguaje-conocimiento). No es que literalmente existan ya, listas para ser descubiertas o reveladas en el mundo material, sino que el sujeto percibe su posibilidad en los bordes de ese desfase entre lo real-múltiple y realidad, crea una “hipótesis” y se lanza a verificarla, a convertir su verdad en nueva realidad. No se trata de confirmar, de “tener razón” o no, porque sigue siendo verdad aunque se tarde eternamente, mientras haya un sujeto que la viva.

Mi propuesta se trata, en cierta forma, de rescatar la fe secular, desprovista de las certezas y destinos históricos cuasi-metafísicos que se levantaron sobre altares sangrientos en el siglo pasado, pero también de las telarañas del inmovilismo relativista que ha corroído la capacidad de actuar de la a veces mal llamada izquierda por tanto tiempo. Esto no implica un idealismo ciego desvinculado de las luchas concretas e inmediatas, sino por el contrario, de verificar hipótesis enrraizadas en el mundo material (lo real-múltiple) mediante la investigación constante de las fricciones que centellean alrrededor de los bordes de la realidad representada.

O sea, que la verdad no es una cosa que existe o no existe para ser descubierta o revelada, sino, como nos invita a pensarla el propio Pabón, un proceso que se produce y se construye.

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