La lucha es vida toda (Trilogía Zombie, Parte 3)

Foto: Bandera Roja
Foto: Bandera Roja

Originalmente publicado en Bandera Roja.  Éste es el tercero de tres artículos escritos entre 2012 y 2013 en torno a la metáfora del zombie.  Se puede acceder a los demás aquí (Parte 1) y aquí (Parte 2.

Para Luis Ángel, en su vida por la lucha.

Últimamente pienso mucho en la muerte. No se asusten, no estoy contemplando el suicidio. Sucede que vivimos rodeados de ella, y los medios de incomunicación procuran que nunca lo olvidemos. Ante semejante cuadro, cuando se padece de una imaginación activa, es un poco inevitable el pensarse uno mismo en diversas situaciones en que lo venga a buscar la pelúa.

Leo que la espeluznante nueva droga “Krokodil”, que ya ha causado estragos en Rusia y Ukrania, hace su aparición triunfal en los Estados Unidos. Dicha droga inyectable tiene el efecto de literalmente carcomer a sus usuarios desde adentro, dándoles apariencia de zombie, según los medios. Recuerdo que hace pocos años también se hablaba de zombies al informarse de varios incidentes en que usuarios de otra sustancia, conocida como “bath salts”, atacaron y devoraron la carne de sus víctimas (usualmente personas sin hogar).

Pienso en qué valor se le puede dar a la propia existencia – asumiendo que se conocen los efectos – para decir “ESA es la pendejá que yo me quiero meter al cuerpo”. Pienso en otros cuerpos, mucho más cercanos geográficamente al mío, marcados desde hace tiempo por los efectos de la anestesia de caballo, para poder escapar aunque sea por unas horas del tormento que otros, más “afortunados”, llamamos vida.

Pienso en las tantas otras vidas, más jóvenes quizás y también cercanas, ya resignadas al alivio o al dudoso honor de saber con casi certeza que morirán en una lluvia de plomo antes de que su cuerpo le de 30 vueltas al Sol. Éste fin de semana, el mío llegará a las 34. El que acaba de pasar, 18 entregaron el ánima a manos de su prójimo en nuestra Isla Estrella™ de apenas 3.5 millones (y disminuyendo rápidamente).

Por eso me tienen que perdonar quienes ya me hayan leído divagar sobre zombies anteriormente. Los zombies, como las catástrofes del fin del mundo, están de moda y no es para menos.

¿Acaso no fue, hasta hace muy poco, un sello de legitimidad entre las y los intelectuales el saber usar con arte el prefijo “post-”? ¡Qué mejor metáfora para una sociedad que se entiende posterior a sí misma, que aquello que se mueve y consume a pesar de estar muerto! Tuvo que estallar la crisis para empezar a darnos cuenta que debajo de los deliciosos juegos de palabras, seguimos bailando al son del zombie original, el trabajo muerto que camina comiéndose al vivo: el Capital.

Recuerdo las palabras del Dr. Cornel West, en su visita reciente a Puerto Rico, cuando a preguntas del público, luego de afirmar que él se considera “something of a neo-Marxist”, explicó que a su entender, por ser hijo de su época Carlos Marx nunca entendió bien la espiritualidad. Haciéndose eco de la versión estándard de la actitud de Marx hacia la religión, West explicó que en su apreciación, ésta última llenaba lagunas que por su naturaleza el Marxismo no podía llenar. Contó la anécdota de como, por falta de religión, Carlitos nunca supo llorar la muerte de su adorada esposa, divagando en vez (¿como un zombie?) por los Alpes con su foto en mano. “Come back, Karl! Come back!” clamaba con su acostumbrada vena performática el Dr. West.

Curiosamente, fue precisamente Marx el ateo quien, tal vez mejor que ningún otro pensador de su época o la nuestra, describiera la función del contrapunto religioso en el danzón del Capital.

Contrario a su contemporáneo, Federico Nietzsche, Marx nunca diagnosticó la muerte de “Dios”, al menos en cuanto a sus haberes en el reino de éste mundo.(*) En la tan conocida como manoseada y malentendida cita sobre el opio de los pueblos, nos decía Carlitos que “La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma.” Es decir, que la necesidad humana por esos opios, rezables o inyectables, que alivian el sufrimiento real, cesará en cuanto nazca un mundo libre, con corazón, con alma.

Por el contrario, los falsos profetas del pseudo-ateísmo islamofóbico y cristofóbico de nuestro siglo, apologetas del Imperio y del Capital, solo ofrecen ese mismo mundo sin alma ni corazón, pero desprovisto de los necesarios opios que adormecen sí, pero para calmar el dolor. Los cuerpos jóvenes que escapan hacia el consumo de sustancias caníbales o hacia el canibalismo narcocapitalista, son pues los zombies de un mundo sin corazón, sin alma… y sin opio.

Hay que señalar, sin embargo, que Cornel West se equivoca, al menos en parte. Está muy bien eso de saber llorar y despedir a los que se han ido. Pero el antídoto contra el mundo zombie, sin alma ni corazón, del capitalismo, no necesariamente es uno religioso, aunque no hay contradicción alguna con que lo sea (contrario a lo que trágicamente creyeron muchos Marxistas, la anestesia no neutraliza el antídoto). Como bien sabe el Dr. West, nada tienen que ver las empresas mercaderes de odio que a menudo visten el manto religioso, con la fe o voz profética que nos llama a buscar la vida más allá de esta pudredumbre ambulante.

Para eso, más bien, conviene escuchar las palabras sencillas de un profeta del patio, el poeta y comunista puertorriqueño Juan Antonio Corretjer, quien nos sigue convidando desde aquella interminable noche en La Princesa: “La vida es lucha toda”. O lo que es lo mismo: solo la fe militante, contra todo pronóstico, en la capacidad del ser humano para liberar y superarse, es antídoto contra la muerte que acecha.

(*) Al escribir estas líneas me doy cuenta, casi por casualidad, que el caribeñísimo (y también ateo) Alejo Carpentier, probablemente entendió a Marx mejor que cualquier otro autor del siglo veinte que yo conozca. Eso para quienes se emperran en repetir el trillado y aburrido disparate de que en estas latitudes la dialéctica materialista no aplica o no tiene sentido.

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